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A pesar de la televisión y la internet, los videojuegos y demás entretenimientos solitarios de los niños de hoy, todavía algunos de ellos salen en esta temporada a las ramadas: en grupos reducidos (hasta de un solo integrante) con una caja de zapatos cuyo contenido solo ellos conocen, ya sin llevar la rama de limonaria o de xiat que da nombre a la tradición pero sí la lata para los óbolos, van de casa en casa entonando “Me paro en la puerta, / me quito el sombrero / porque en esta casa / vive un caballero…”, y luego “Naranjas y limas, / limas y limones... / aquí está la reina / de todas las flores…”

El doctor Justo Sierra O’Reilly (Tixcacaltuyub,1814-Mérida, 1861) es muy probablemente el autor de muchos de los artículos y notas sin firma que aparecen en la revista literaria Museo Yucateco, que dirigió en Campeche de enero de 1841 a mayo de 1842. Entre esos textos, varios tienen como destinatarias expresas a “las señoritas yucatecas”, que entonces se entretenían leyendo publicaciones literarias como esta, que difundían poemas, narraciones y noticias diversas.

A fines del siglo XVIII, el barrio de San Cristóbal de Mérida era un auténtico vergel, según la descripción que de él ofrece Pedro Almeida Jiménez en su poema narrativo Un mejicano: el pecado de Adán (Mérida, 1838; ed. facsimilar: Mérida, ICY, 2010):

Adiós de San Cristóbal, barrio hermoso,

 yucatáneo pensil, bosque frondoso

 tus árboles de pan, tus ramonales,

 diuturnos zapotales y guanales, 

densas sombras midiendo con sus frutos 

brindan, sin excepción de aves ni brutos 

ni de hombres, todo el año, al viejo, al mozo, 

con grutas, lecho y pan, fruta y reposo.

El amparo concedido por la Suprema Corte de Justicia de la Nación a los cuatro respetables ciudadanos que defendían su derecho a cultivar, poseer, transportar y consumir marihuana con fines recreativos ha provocado un impresionante revuelo en los medios de comunicación y las redes sociales. Parecería que, con esa decisión de la Corte, hoy está más cerca el día en que el uso lúdico de la yerba sea legalizado en nuestro país –como ha ocurrido ya en varios estados del vecino del norte, en Holanda y Uruguay.

Casualmente, en estos días he releído Eugenia: esbozo novelesco de costumbres futuras (Mérida, 1919) de Eduardo Urzaiz Rodríguez, cuyo personaje principal fuma cigarrillos de cannabis indica. En este relato de ciencia ficción, cuya acción transcurre en el siglo XXIII, el autor prevé transformaciones sociales que son hoy una realidad: la liberación sexual, el amor libre, la reducción del interés femenino por la procreación, las familias unidas por afinidad, la eutanasia, la tecnología reproductiva, la transexualidad… Y entre las “costumbres futuras” –presentes en varias partes del mundo actual– incluye el consumo libre de cannabis.

La imagen social que ofrece el doctor Urzaiz de la marihuana está muy lejos de la que tenía en su tiempo y de la que prevalece en México hasta la fecha. Celiana, el personaje principal, es una profesora que se dedica a dictar conferencias y escribir artículos para revistas especializadas. En su estudio, al concluir la preparación de una disertación sobre la familia, “Celiana alzó las manos del teclado de la diminuta máquina en que había estado escribiendo; hizo girar el sillón hasta quedar de cara a la ventana, encendió un cigarrillo de cannabis indica, perfumado con esencia de ámbar gris, echó atrás la gentil cabeza y contempló con deleite la glauca inmensidad del firmamento.”

Médico al fin, el autor no deja de señalar los peligros de la droga, que Celiana consume también para calmar el dolor que le causa el abandono de su amante Ernesto: “¡Oh, la ansiada Eutanasia! Para alcanzarla no tendría más que forzar un poco la dosis de aquel traidor alcaloide”. Al final de la novela, Urzaiz presenta a su heroína, destrozada, fumando un cigarrillo tras otro: “Roto el freno de la voluntad, el vicio la envolvía cada vez más en sus tentáculos de pulpo.” “Consumada estaba la ruina total de aquel cerebro poderoso; ya de todo –ideas, recuerdos, afectos, voliciones– solo quedaba un deseo insaciable de fumar.”

Quizá, por no inventar un soma como el de Un mundo feliz de Aldous Huxley, Urzaiz Rodríguez escogió para su sociedad futura una droga real, que en su época se identificaba con la soldadesca. Sabedor de que los gustos pueden ascender socialmente, imaginó que algún día esos cigarrillos podrían ser fumados libremente en otros niveles sociales, incluso entre mujeres intelectuales, para curar el mal de amores o por puro gusto (con fines recreativos, como dicen).
Tak uláak’ k’iin!

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