Como todos los sábados Carmen acompañaba a Eduardo, su marido, a los partidos de futbol del equipo de la empresa donde él trabajaba, para echarle porras. El grupo de mujeres se sentaba a un costado del campo de futbol, y platicaban de los acontecimientos semanales mientras sus parejas jugaban. Carmen pensó en tomarse alguna foto para el recuerdo, utilizando el celular de Eduardo, que tenia mejor resolución. Todas las mujeres en su mejor ángulo posaron para la foto.

Tenia cinco años cuando nos mudamos a nuestra nueva casa. Las calles eran empedradas y con mucha hierba. En tiempo de lluvia, una gran variedad de flores silvestres y mariposas de todos los colores, tamaños y formas hacían volar mi imaginación; mariposas con reinos de flores. Las bolsas del mandado funcionaban como nuestras redes y cazábamos algunas para poder mirarlas muy de cerca.

Era primero de enero, el ruido de nuestros pasos hacían eco sobre el silencio de la avenida. Las siete de la mañana y la fresca brisa de diciembre sobre nuestros rostros, la ciudad dormía. Caminamos durante cuarenta minutos hasta llegar al zócalo de la ciudad, nos sentamos en una de esas cursis bancas para enamorados, nos besamos largamente; año nuevo y todas las posibilidades juntos.

Se puede ver tu figura por ahí, arañando un poco de luz de esa lámpara blanca del pasillo de espera. Las horas son eternas y caminas de un lado a otro sin encontrar consuelo en esos ires y venires en los que te empeñas. Si entras al ala de pediatría es peor, ves a tu hijo postrado sobre la cama, la enfermedad consumiendo el cuerpecito.

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